Sobre la luna se encenció un lucero, una brillante luz rosácea que llamaba a todo aquel que quisiera acogerlo en su seno. Aquella hermosa estrella rosada parecía pedir a gritos el amor y el cariño de quien posara sus ojos en ella. ¡Qué hermosura! ¡Qué maravilla! ¡Cuánta pasión contenida en algo tan lejano! Pero lo que no sabía la pupila inexperta es que aquel cuerpo incandescente era el alma pura de un ser tan puro e inocente como un bebé recien nacido. Se encontraba allí, en el firmamento, sacrificada por unos monstruos que se hacían llamar sus amigos.