Categoría : Reflexiones literarias

3 posts

Este año no está sido, al igual que el pasado, nada fructífero para el blog, pero hoy quiero contaros algo que muy probablemente va a cambiar muchas cosas a partir de ahora. Acompañadme a descubrirlo.

Llevo ya algo más de una semana que no progreso nada con el NaNo. La historia se me ha quedado ahí, medio colgada con el narrador, y no soy capaz de sacar tiempo para echarle un rato. Cada día está más cerca el momento en el que me tendré que poner a escribir las 50 mil palabras y todavía no tengo claro el enfoque que le quiero dar a la trama.

Porque parece que novelar es sencillo, pero es harto complicado cuando tú misma te complicas las cosas. Es deformación profesional. Demasiadas teorías literarias en la cabeza es lo que tiene, que quieras innovar o salirte de la norma sin tener una idea exacta de lo que quieres. Pero sabes lo que quieres transmitir. He ahí la cuestión. Si tenemos algo que contar, qué importa cómo lo hagamos. Las formas lo son todo, en ciertos aspectos.

Supongo que es otro parón antes de comenzar la carrera. Nunca está de más pararse a reflexionar (como ya hicieran Petrarca y Garcilaso) para ver cómo hemos llegado a este punto y cómo podemos continuar. Confío en que echándole unas cuantas horas más, el problema quede resuelto y la próxima vez que venga a hablar del NaNo, será para contar buenas noticias.

Se me ha venido a la cabeza como un flash, un recuerdo de mis primeros años de facultad cuando estudiaba teoría literaria. Quizás tenga marcada esta asignatura más que ninguna otra por lo que supuso para mí, a mis diecinueve años, obligada a quedarme en tierra y tener que rechazar un viaje a la capital francesa por un examen en el que me quedé en blanco. Son esas cosas que llegan a tu mente cuando ya ni siquiera recordabas que estaban ahí.

A mi cabeza ha venido una argumento para la novela que quiero escribir durante el NaNo. Una historia, vista desde mi punto de vista, como algo a lo que no estamos acostumbrados por una serie de motivos que no es el momento de explicar. Pensé en la polémica que podría surgir si algún día quisiera publicarla, qué diría la opinión mediática de su autora y el cúmulo de circunstancias que acompañaría a semejante obra. Y mientras esto surgía en mi mente, otra idea, hija de la anterior, nacía: ¿por qué publicarla? Quizás es eso lo que todos los escritores perseguidos. Quizás, solo así, alguien pueda decir que es un escritor profesional y matizar, de ahí, su carácter laboral. Pero, hay una pregunta que subyace a todo este conglomerado ideal: ¿por qué escribir? Y es ahí donde surgió el recuerdo de la teoría literaria, donde Sartre postulaba acerca de esta pregunta que todo escritor se ha hecho alguna vez.

Nunca me había parado a reflexionar sobre este punto. ¿Por qué escribir? Cada escritor busca su motivo, su porqué, su razón para llevar a cabo la tarea que la escritura le confiere. Habrá muchas respuestas que podrán o no coincidir con lo que cada uno piense, pero no hay ninguna respuesta verdadera.

Escribo porque me gusta la literatura, porque me apasiona adentrarme en mi propio mundo, porque me llena crear con mi imaginación la historia de unos personajes que pueden encontrarse en cualquier parte. Escribo para expresarme, para intentar comprender el mundo que me rodea, para que otros puedan ver el mundo a través de mis palabras. Escribo porque es mi pasión, mi gran afición desde que tenía catorce años.

Escribir es darle la vida a alguien que tiene muerta la palabra, que no se atreve a conquistar nuevos mundos, pero que, gracias a ti, puede verse plasmado en el papel. Escribir es sentir empatía hacia los que te rodean, comprendiendo mejor sus sentimientos y emociones. Escribir es la máxima expresión que llevamos dentro.

Y, por supuesto, voy a citar a uno de mis autores favoritos, al gran Gustavo Adolfo Bécquer, que dice, en sus Cartas literarias a una mujer:

[…]pero por lo que a mí toca, puedo asegurarte que cuando siento no escribo. Guardo, sí, en mi cerebro escritas, como en un libro misterioso, las impresiones que han dejado en él su huella al pasar; estas ligeras y ardientes, hijas de la sensación, duermen allí agrupadas en el fondo de mi memoria, hasta el instante en que, puro, tranquilo, sereno, y revestido, por decirlo así, de un poder sobrenatural, mi espíritu las evoca, y tienden sus alas trasparentes que bullen con un zumbido extraño, y cruzan otra vez a mis ojos como en una visión luminosa y magnífica. […] (Cartas literarias a una mujer, Gustavo Adolfo Bécquer, extraído de CVC)

SUBIR