Categoría : Microrrelatos

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Sobre la luna se encenció un lucero, una brillante luz rosácea que llamaba a todo aquel que quisiera acogerlo en su seno. Aquella hermosa estrella rosada parecía pedir a gritos el amor y el cariño de quien posara sus ojos en ella. ¡Qué hermosura! ¡Qué maravilla! ¡Cuánta pasión contenida en algo tan lejano! Pero lo que no sabía la pupila inexperta es que aquel cuerpo incandescente era el alma pura de un ser tan puro e inocente como un bebé recien nacido. Se encontraba allí, en el firmamento, sacrificada por unos monstruos que se hacían llamar sus amigos.

Ladrona8

Me dejaste volar como una tierna mariposa. Me dejaste marchar cuando yo más quería estar a tu lado. Me hiciste partir, apartarme de ti, para no volver jamás. Me convertiste en un pájaro para abandonarme, para olvidarme, para no dejarme existir. Y todo cuando más falta me hacías. Cuando las noches eran más oscuras y frías. Cuando el otoño llegaba a su ocaso el invierno me congelaría las alas. Y pague el alto precio que tiene amarte.

-Te propongo un trato.- dijo Samuel con voz dulce y una sonrisa pícara en los labios. -Olvidaremos todo este asunto si me das un beso. Es lo único que te pido.

Brianna lo miraba con extrañeza. ¿Acaso era posible que algo tan sencillo pudiera hacer que un hombre como Samuel no tuviera en cuenta lo que había hecho? Sin permiso, había cogido su agenda para conseguir algunos datos sobre un cliente muy importante de la empresa en la que trabajaba. Ahora se daba cuenta de lo tonta que había sido por no haberle pedido la información a él como debía. Se hubieran ahorrado la discusión y todo aquel mal rato.

Samuel la miró, impaciente. No entendía demasiado bien por qué Brianna dudaba. ¿No se fiaba de él? Solo así tendría sentido lo que había hecho, por qué no le había pedido la información y porqué había actuado a sus espaldas. En su sillón de cuero negro, se rebulló. Empezaba a sentirse incómodo. Simplemente quería olvidar todo el asunto, pero parecía que ella no estaba dispuesta a hacer tal concesión. ¿Por qué perdonarla, entonces, tan fácilmente? Ya no estaba tan convencido de lo que le había propuesto.

-¿De verdad me vas a perdonar así de fácil? -la voz de Brianna denotaba duda y un cierto destello de miedo. Sabía que había actuado mal y no quería salir impune de aquello.

-Tan solo quiero olvidarlo, Brianna. Me has traicionado por tu trabajo. Me siento dolido. No sé si podré confiar en ti, pero sé que si alargo más todo esto, que si hago un mundo mayor de lo que ya es, no podré seguir contigo. Si realmente formamos un equipo, no puedes ocultarme estas cosas. Debes confiar en mí. Es la única manera de que esto funcione.

Brianna dejó sobre la mesa una papel, agachando la cabeza. Samuel miró la hoja, la acercó a sí y la leyó. Era la información que Brianna le había sustraído.

-Lo siento mucho, Samuel. Debí confiar en ti. Todavía no he llamado al cliente ni he escrito el artículo. Si tú quieres y me das la información, retomaré el tema dentro de un tiempo.

Samuel se acercó a ella y la abrazó. La tormenta había acabado.

Había comenzado a nevar. El frío gélido de la calle comenzaba a hacer mella en sus dedos. Sujetaba afanosamente una montaña de regalos: para la más pequeña de la casa, para su hombrecito, para la mujer a la que más amaba, para su magnífico padre, para su maravillosa madre, para la princesa de su hermano, para su cálida cuñada, para su amigo en fraternidad… ¡Cuánto tiempo invertido en hacerles feliz! Era el día de Nochebuena, una noche para estar todos juntos. La noche más esperada por su familia porque todas las miradas estaban puestas en él. Siempre era el encargado de reunir a la familia, de organizar la cena, de hacer de nexo entre tan diferentes personas.

El árbol preparado, la mesa puesta, la cena servida. La pequeña Lilith vestida cual princesa, su adorable Laura como la reina que es y Javier, el hombrecito de la casa, parecía un caballero en miniatura. ¡Qué guapos estaban todos! Y llegó su hermano Alberto, señorial como siempre, con su querida mujer Cristina, tan guapa como el año anterior, y su niña, Miriam, con un vestido azul. Llegaron sus padres, admirables, sensatos, como auténticos reyes. Todos a la mesa parecían un auténtico banquete real. ¡Cuánta felicidad junta! Y él, el protagonista de nuestro relato, completamente perfecto sirviendo la cena que tanto habían esperado todos. Velas, luces, adornos, música suave, villancicos, las voces de los niños, las risas de los mayores, las miradas cómplices de los diferentes matrimonios… Todo perfecto, como un cuento de Navidad.

Frío, nieve, viento. La ventisca, la primera del invierno, estaba acercándose por el norte. Los primeros copos habían comenzado a caer. La prisa hacía que sus piernas fueran rápidas y veloces por la calle. El calor del hogar estaba cerca. La tormenta de nieve sería grande. Había que prepararse para un crudo invierno…

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