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Después de una larga jornada de trabajo, llegaba destrozado a casa. Lo único que quería era ver a su novia, darle un beso, cenar e irse a la cama. Aquello hacía que la vida mereciera la pena. Se dibujó una sonrisa cansada en su rostro. El ansiado premio estaba ya al alcance de su mano, podía rozarlo con la yema de los dedos. Abrió la puerta y sonrió, saludando a su querida novia.

-Mi vida, ya estoy en casa.

-Hola, mi cielo. Tenemos visita. – le contestó una voz femenina, dulce y cantarina, al otro lado de la estancia.

Sorprendido, estupefacto ante la perspectiva de una visita nocturna, dejó el maletín en la entrada y se aproximó al salón, que estaba a escasos metros. Según se aproximaba, en su campo de visión se dibujaba la figura de una mujer. Era rubia, de pelo largo, de complexión ancha. No debía de ser demasiado alta. No la reconoció al principio, hasta que la oyó hablar.

-Hola, Roger. – la voz sonó en su cabeza como si rompiera la fantasía que había creado alrededor de su vida. Otra vez ella no. Ahora no. Por qué ahora. Una hermosa sonrisa de labios rosados se dibujó en el rostro de la mujer rubia. Se sentía satisfecha al ver la pálida expresión de Roger.

Poco a poco, con paso tortuoso, Roger llegó hasta el lugar que ocupaban las mujeres. Era una pequeña sala de estar con un par de sillones de color blanco y un sofá de tres plazas de color negro. Las paredes, que presentaban una decoración minimalista con un par de cuadros, estaban pintadas de color azul claro, como el cielo al amanecer. Roger, sombrío, se sentó al lado de su novia.

-Mi vida, estábamos hablando de cómo te conocí..

-Miriam, ¿podrías dejarnos a solas? Tengo que hablar con Diane en privado.- le interrumpió Roger sin que Miriam pudiera hacer nada. Le miró con aquellos ojos de chocolate y se retiró. -Cierra la puerta, por favor.- su gesto sombrío no dejaba de impresionarla.

-Directo al grano, no has cambiado un ápice en estos años, ¿verdad, Roger?- una sonrisa malvada se dibujó en el rostro de Diane, que parecía muy satisfecha.

-¿Se puede saber qué haces aquí después de tantos años? Creía que todo había quedado claro.- Roger parecía exasperado, enfurecido, casi colérico.

-Tranquilízate, Roger. No le he contado a Miriam nada que ella no sepa. – Diane soltó una risotada acompañada de un elegante ademán.

-Cállate. Siempre que apareces en mi vida, acabas fastidiándomelo todo. Eres el mal, Diane.

-Me sobrevaloras, querido mío. Pero, tranquilo, he venido para irme, esta vez de verdad, como tantas veces me has reclamado.- Diane abrió su bolso y empezó a buscar algo en él. Roger suspiró aliviado. -Quizás no lo recuerdes, quizás lo hayas olvidado, quizás nunca significó nada para ti. Para mí, es un agujero en mi corazón que no termina de cerrarse. Una herida abierta que sangra cada vez que me acuerdo de ti. – La fina mano de Diane dejó sobre la mesa una grulla de papel. Estaba amarilla por el paso del tiempo. Roger se sorprendió un tanto, pero intentó guardar la compostura. -Esto es algo que necesito yo más que tú y te pediría que no me interrumpieras. Si quieres decirme algo, estás a tiempo. Después, no pararé hasta que haya dicho lo que tenga que decir.

Se hizo el silencio en la sala. Roger asintió, atónito por lo que estaba viendo. Diane dejó de hablar, bajó la cabeza y tomó aire.

-Sabes que te amé durante mucho tiempo, que jamás me correspondiste como yo a ti y que hice lo posible porque me pertenecieras. No hace falta que te diga esas cosas, pero tengo la necesidad de hacerlo. Mi conciencia no está tranquila desde hace mucho tiempo y quiero solventar este asunto sin más demora. Quiero limpiar mi mente de ti y de todo lo que tú supones y has supuesto para mí. Te amé tanto, de manera tan intensa, que me ha costado muchísimos años apartarte de mi pensamiento. Pero una y otra vez vuelves a mí, se reabre mi herida y sufro. Odio esto. Odio sentir que todavía hay una parte de mí que no descansa tranquila por tu culpa. Odio pensar que te puedo encontrar en cualquier momento y que eso me dé esperanzas de algo que jamás existió. Y odio todo eso porque sé que jamás podré tenerte. Porque esa posibilidad nunca existió y mi corazón solo ve lo que quiere ver. Te digo todo esto, te hago saber mi hondo pesar, para limpiar mi conciencia de ti. Para que jamás vuelvas a mí de ninguna manera. Quiero que tu recuerdo vuele como las cenizas en el viento. Quiero que te pierdas para siempre en el mar del olvido de mi memoria. Y, sobre todo, esto lo hago por mí, porque quiero pasar página en el libro de mi vida y poder dar el gran paso que me está esperando más allá de ti. – Diane agachó la cabeza y se miró las manos. En la mano derecha llevaba un hermoso anillo de compromiso. Lucía un precioso diamante con forma de corazón en una sortija de oro blanco. Su belleza iluminaba el rostro de la mujer. -Quiero vivir mi historia fuera de ti. Sé que quizás no lo comprendas, que no consigas entender todo esto. Quizás piensas que por qué ahora. Pero todo, para mí, es significativo y no tengo por qué darte más explicaciones que las que te estoy dando en estos momentos. Espero que este sea el adiós definitivo.

Diane se levantó, se alisó la falda y se dirigió hacia la puerta del salón. Roger la detuvo.

-Sé feliz, Diane. Ámale como no he podido amarte yo. Dale a él todo cuanto me hubieras dado a mí. Y, sobre todo, olvídame. Espero que no volvamos a vernos jamás.

Parecía una despedida fría y cruel, pero no lo era. Las palabras de Roger rezumaban alivio y el rostro de Diane mostraba la tranquilidad que quería conseguir. Abrió la puerta y salió, dando por terminado uno de los capítulos más dolorosos de su vida. Ahora podía empezar un nuevo capítulo en el que la protagonista fuera, al fin, su felicidad.

Las nubes se agolpaban entorno a la montaña. El frío viento invernal levantaba la nieve del suelo, haciéndola flotar por el aire. Los golpes de las contraventanas eran cada vez más fuertes e insistentes. La tormenta, una terrible ventisca, se estaba gestando en el valle y nada parecía poder servir para aguantar aquel temporal. Ya lo habían advertido: las rachas de viento podían llegar a más de 150km/h, las temperaturas bajarían por debajo de los 10 grados bajo cero y la nieve se podía acumular hasta dos metros. Toda prevención parecía muy poca con el pronóstico que daban.

El sol lucía en el cielo cual bombilla encendida. ¡Qué hermosura de día! Parecía estar hecho de algodón de azúcar y dulces. Todo parecía tranquilo y calmado, todo era bonito y risueño, todo menos lo más importante: la ciudad asolada por el paso de la tan temida y terrible tormenta. Nada hacía presuponer que acabaría, de un plumazo, con tan inmensa ciudad. Los altos edificios, las pequeñas casas, todo cuanto había fue arrasado por los huracanados vientos, la tormenta de hielo, nieve y granizo, y el frío abrasador que no permitía a nadie alejarse de un buen techo. Todo había quedado destruido en cuestión de segundos.

Ya rasgaba el cielo la luz del amanecer, el más triste amanecer que Marguerite pudiera recordar. Los gritos y los lamentos provenían de todas partes, llegando a sus oídos como el estruendo de la batalla que se luchaba fuera de su pequeña casucha de madera. Escondida bajo unos tablones, había pasado desapercibida cuando los soldados entraron a la fuerza. Temblorosa, con los ojos empañados en lágrimas, no se atrevía a salir de su escondrijo. Pero desde una pequeña ranura podía ver los primeros rayos de sol asomarse tímidamente. Siguió escondida un poco más, hasta que los gritos fueron un leve gemir y el bullicio había terminado. Aunque el pueblo no quedaba cerca de su humilde hogar, siempre que había demasiado ruido se oía.

Marguerite salió con cuidado, tratando de no hacer ruido al mover los maderos. No estaba segura de que el ejército se hubiera ido, pero la angustia se estaba apoderando de ella y no podía soportar más aquel encierro. Se acercó a una de las ventanas sigilosamente y miró afuera. No había nadie o, al menos, no se veía desde allí. Abrió la puerta con extremada delicadeza y volvió a asomarse al exterior. Una multitud de pisadas se desdibujaban en la hierba del bosque. Se habían ido, el peligro había pasado.

La joven caminó un poco en dirección al arroyo que se encontraba cerca de su casita. Allí, apoyado contra el tronco de un árbol, se encontrada un hombre joven vestido con ropas que le parecían familiares: un sombrero de paja, unos pantalones raídos por el tiempo y una camisa que había perdido el lustre hacía demasiado tiempo ya. Había oído hablar de aquel muchacho, pero no creía que fuera más que una leyenda. El chico, que parecía dormir, alzó la cabeza al escuchar las pisadas de la mujer.

-Veo que no soy el único habitante del bosque. ¿Con quién tengo el placer de hablar, bella damisela?- preguntó el muchacho con voz cantarina. Marguerite no contestó. Se limitó a apoyarse contra la corteza de otro árbol. -Oh, una joven tímida… ¡Cuán  sorprendido me hallo! Con lo alegres y felices que parecen todas en la ciudad. Seguro que ese corazón que tenéis en el pecho, mi hermosa dama, tiene una maravillosa historia que contar y el mío quiere oírla. ¿Me la contaréis, linda doncella?Fontainebleau

-Soy Marguerite de Valois, hija del Rey de Francia.

-Imagino, pues, que todo el revuelo de antes era por usted, majestad.- Marguerite enrojeció. -Bueno, supongo que vuestras razones tendréis para esconderos aquí. Pero, no obstante, si yo fuera vuestra alteza, volvería a palacio y dejaría de hacer que martiricen a unos pobres campesinos que tan solo quieren vivir en paz. ¿No le parece egoísta, mi señora, escapar así de vuestro deber?

Marguerite no respondió, pero en su fuero interno sabía que aquel hombre tenía razón. Se acercó al poblado y le pidió un caballo a uno de los campesinos. Le dio quince monedas de oro en pago por él y comenzó su galope hasta el castillo de Fontainebleau. Era el momento de afrontar las consecuencias de sus actos y de servir al pueblo como se merecía.

El silbido de una flecha rasgando el aire rompió el silencio de la noche. La punta metálica rompió el cristal de la ventana, donde se hizo la oscuridad al apagar la leve llama de una vela. Un grito de mujer resonó en el palacio. Alguien le había mandado un aviso al Príncipe: su querida niña estaba en peligro.

Eduardo, Príncipe de las Grandes Islas, estaba aterrado ante tal amenaza. Su querida hija, Beatriz, heredera del Principado, estaba en peligro. Ella, su única hija y lo único que le quedaba de su amada esposa Margarita, estaba en el punto de mira de algún terrorista. ArqueraLa Guardia Real dobló la protección de la infanta e instaló más refuerzos alrededor del palacio. La princesa Esperanza se atrincheró en los aposentos de su hijastra para protegerla ella misma. Armada como si de un soldado se tratase, la segunda esposa de Eduardo custodiaba personalmente la seguridad de la heredera al trono. Nada se acercaría a la muchacha que debía gobernar el archipiélago.

El Príncipe, intentado controlar el pavor que sentía ante la posible pérdida de su hija, ordenó formar al resto de la Guardia para salir en batida en busca del mensajero de aquella flecha. Registrarían los pueblos cercanos, las cuevas, el bosque y todo cuanto pudiera ser un refugio del misterio personaje que atemorizaba el Palacio de la Estrella. Había que encontrarlo y encerrarlo.

***

-¿Te han visto?- susurró una voz en la oscuridad.

-No, creo que no…- titubeó la voz de una joven.

-Espero que tengas razón… Eduardo no descansará hasta encontrarnos. Seguro que está preparándose para la caza.- respondió de nuevo la voz en la oscuridad, una voz de hombre joven que se acompañaba de pasos.

Una leve luz dejó ver el interior de la casa. Era apenas un cuartucho destartalado en medio del boscaje. Ni siquiera podía decirse que eran las ruinas de una cabaña, solo eran pedazos de madera. El firmamento se veía a través de los tablones que hacían las veces de techo. La noche estaba oscura, sin luna. La chica, deslizándose entre las maderas caídas, entro en el pequeño hueco que dejaban en el centro del cuartucho.

-Tranquilízate, Félix. No nos pasará nada. Mañana partiremos hacia el sur y buscaremos un barco que nos lleve a la Península. Los Dragones Púrpura harán su trabajo tal y como se lo pedimos y pagamos. Es cuestión de tiempo, ya lo sabes. Vamos, cada minuto estamos más cerca de la libertad.

***

Pasaron un par de semanas hasta que los Dragones Púrpura hicieron acto de presencia en las Grandes Islas. Mercenarios, asesinos a sueldo, nadie escapaba a la cuchillada mortal de estos devoradores de hombres. El encargo del asesinato de la infanta por parte de la propia Princesa era el más importante que había tenido hasta la fecha y el mejor pagado de todos. La estrecha vigilancia de la Guardia Real no era problema para ellos. Poco a poco se infiltraron en los turnos de guardia. Estaba todo planeado: la princesa Esperanza, que todavía supervisaba la vigilancia de su hijastra, se intercambiaría por una de las asesinas del clan mercenario. Su estatura y complexión eran la misma, de modo que no se darían cuenta de nada.

La noche que Irina lanzó la flecha supo que ella sería la ejecutora de la orden que había dado la Princesa. Sabía que en el clan no había nadie con la complexión física de la mujer. Las demás asesinas de los Dragones Púrpura eran mucho más grandes que ella. El momento había llegado y allí se encontraba ella, lejos de Félix, a punto de matar a un chiquilla por los deseos de una mujer hambrienta de sed de venganza y cogiendo la daga que le tendía su compañera. Empapó la hoja en veneno para remediar fácilmente una puñalada poco certera. Lista para la acción, el cambio de guardia fue el momento idóneo para infiltrarse.

La joven asesina se encontraba ante la infanta, que ya dormía. Aquella hermosa cama, llena de lujos, era más de lo que había tenido ella, que solo soñaba con una pequeña casita en una llanura. Y pensó en la bolsa de oro que le darían por la vida de aquella muchacha, débil y tonta, que dormía frente a ella. Se acercó al borde de la cama, sacó la daga y, poniendo con la otra mano una almohada sobre la cara de la niña, la hundió en su tierno pecho. Los gritos fueron ahogados por las plumas de la almohada. La sangre comenzó a brotar del pequeño cuerpo que yacía inerte sobre el lecho. Irina guardó la daga y saltó por la ventana. Huyó hacia el bosque rauda como un gamo. Su imagen se perdió en la espesura.

***

La noticia fue de boca en boca difundiéndose por los pueblos vecinos: habían matado a la infanta Beatriz y la princesa Esperanza estaba desaparecida. El príncipe Eduardo, ante tal desgracia, había dejado el trono en manos de su hermano Valerio y se hallaba retirado en la Torre de Safir, donde la locura le atormentaba. Las Grandes Islas vivían un tiempo inestable con el nuevo Príncipe. Nadie sabía que sería de aquel pequeño trozo de tierra perdido en el Mar del Norte.

A lo lejos se oía el rugido de un mar furioso. Las olas golpeaban el acantilado con fuerza, haciendo que pequeños fragmentos de roca se desprendieran. La tormenta se acercaba a tierra y los lugareños, temerosos de la ira de los dioses, se escondían en sótanos y cuevas. Todo era poco cuando la Gran Tempestad asolaba la isla. Era extraño que no se cobrara ninguna vida.

Marta se despertó con un trueno. El rayo azul surcó el cielo negro, iluminando la explanada que había frente a la cabaña de la joven. Era la primera vez que veía un rayo como aquel. El lugar de donde ella provenía era demasiado tranquilo y jamás hacía una fuerte tormenta como aquella. El aire azotaba los pequeños arbolitos que había plantado en la parte trasera de la casa. Algunos, débiles todavía, ya habían sido arrancados por la fuerza del viento. Un nuevo relámpago asustó a la muchacha, que no sabía qué hacer. Se escondió entre las mantas, deseando que aquello acabara pronto y volviera a lucir el sol en el cielo.Tormenta

Pedro vivía en la finca contigua a la de Marta. Era un muchacho robusto, valiente y sociable. Había conocido a Marta hacía un par de meses, cuando ella se había mudado a aquel lugar y siempre había tratado de estar bien con ella, ser amigos y ayudarla en todo lo que había podido. Era la primera gran ventisca del otoño y Pedro sabía que la joven estaría asustada. Eso no era nada comparado con la Gran Tempestad, pero sabía que si no iba a calmarla, acabaría demasiado asustada como para seguir viviendo en la comarca. Vigilando el cielo, se lanzó al camino con su caballo blanco. El galope del cuadralbo resonaba en el viento. Era tan denso y húmedo que apenas podía ver hacia dónde se dirigía. Pero sabía que la pequeña cabaña de Marta no estaba lejos.

Llamaron a la puerta. Marta se estremeció. ¿Quién podía ser a esas horas, con la tormenta que había? Solo vino una palabra a su mente, única y verdadera: Pedro. La mujer se levantó, dejando las mantas a un lado, y se abalanzó sobre la puerta para abrir a su caballero. Pedro, empapado, la abrazó nada más verla y le susurró al oído que estaba preocupado por ella. Una lágrima, redonda y transparente, recorrió la mejilla de Marta. Sabía que ya no tenía nada que temer. Pedro la protegería.

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