Escena navideña

Había comenzado a nevar. El frío gélido de la calle comenzaba a hacer mella en sus dedos. Sujetaba afanosamente una montaña de regalos: para la más pequeña de la casa, para su hombrecito, para la mujer a la que más amaba, para su magnífico padre, para su maravillosa madre, para la princesa de su hermano, para su cálida cuñada, para su amigo en fraternidad… ¡Cuánto tiempo invertido en hacerles feliz! Era el día de Nochebuena, una noche para estar todos juntos. La noche más esperada por su familia porque todas las miradas estaban puestas en él. Siempre era el encargado de reunir a la familia, de organizar la cena, de hacer de nexo entre tan diferentes personas.

El árbol preparado, la mesa puesta, la cena servida. La pequeña Lilith vestida cual princesa, su adorable Laura como la reina que es y Javier, el hombrecito de la casa, parecía un caballero en miniatura. ¡Qué guapos estaban todos! Y llegó su hermano Alberto, señorial como siempre, con su querida mujer Cristina, tan guapa como el año anterior, y su niña, Miriam, con un vestido azul. Llegaron sus padres, admirables, sensatos, como auténticos reyes. Todos a la mesa parecían un auténtico banquete real. ¡Cuánta felicidad junta! Y él, el protagonista de nuestro relato, completamente perfecto sirviendo la cena que tanto habían esperado todos. Velas, luces, adornos, música suave, villancicos, las voces de los niños, las risas de los mayores, las miradas cómplices de los diferentes matrimonios… Todo perfecto, como un cuento de Navidad.

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